El cuervo

Ayer, nada más despertar de mi letargo nocturno, todavía en la cama y con la mollera enredada a la almohada, algo vi,  por la rendija del antifaz, que  llamó mi atención. Un enorme bulto negro encaramado sobre el alfeizar de la ventana me despojaba de mi dignidad.  «¡Un cuervo Dantesco!» Exclamé. Aunqué, a decir verdad,  gigantesco habría sido adjetivo más adecuado al caso.

Era tan grande o más que un águila; casi parecíase un demonio, uno de alas negras como el carbón.  Ante una visión tan aterradora, mi sangre se heló y un susto, ¡padre de todos los sustos!, me llevé.

Pero no todas eran malas nuevas, pues resultase que mi súbito despertar había desconcertado a tamaño ser y, por cómo se afanaba para no caer al verse descubierto, diríase que ahora zozobraba en el más absoluto arrepentimiento por su descaro.  

Esa vacilación suya trajo hasta mí el valor necesario para enfrentarme a tan aciaga circunstancia, pues, en esa indecisión, vi yo mi oportunidad.

Estaba yo muy asustado y no se me puede reprochar,  pues, quien quiera que abra los ojos por la mañana, después de una apacible noche, y se vea sorprendido por semejante cosa pegada como una calcomanía en los cristales, de seguro que se llevaría igual o mayor impresión y descargaría, en un santiamén, una parrafada en recuerdo a los santos y a los muertos del aciago encaramado. Pero, ¿qué digo? Tal individuo iría mucho más allá. Actuaría rápido como un grillo, saltaría de la cama y agarraría el palo de la escoba —y así lo hice yo— y se liaría a desplumar a garrotazo tan impertinente visita —y eso también hice yo—, hasta que el bicho quedase bien estampado en la acera de abajo —tal y como le pasó a mi visitante plumífero.

No obstante, creo necesario aportar algún dato complementario al suceso. No son más que simplezas, tonterías, evidencias colaterales sin demasiada importancia, pero, escuchen: Ya me sorprendió, desde el primer golpe, la capacidad sonora del volátil. Su registro se ampliaba con cada bastonada, al igual que su testarudez en negarse a echar el vuelo hacia terrenos menos hostiles. Imagínense un jolgorio de alas y patas negras afanándose a no perder la posición ganada con tanta traición.

Mi antifaz me protegía los ojos de tanta plumería y gracias a esta treta no me cegó y yo pude asestarle un golpe certero. Ay, pobre pájaro, le di la definitiva, pues le alcancé en todo el nido de los pensamientos. No lo niego, fue un golpe de mucha suerte; una empresa digna de haberse subido al tuiter ese. El bicho se quedó tieso y en seguida empezó su descenso a la real dureza del empedrado.

«¡Olé!» —dije.

Con qué gusto cerré la ventana, qué impulso, qué vigor infunde una victoria matutina.

Dejé mi antifaz en la mesilla y con la cabeza bien alta me duché y salí al portal. Allí, por mi asombro, me recibieron, notablemente alterados, Paco —el portero— y una vecina muy santa, del segundo interno.

«Que desgracia, que desgracia —gritaba la mujer ante el portero ojiplático —. !Dios mío!, el limpiacristales, ese buen hombre se ha descoyuntado el espinazo en la acera, vaya porrazo, Señor mío. Negro como un cuervo ha volado desde el segundo piso, estampándose en el concreto».

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