Jorge acaba de llegar al trabajo. Hoy es día de minuta y como siempre el simpático señor Cuervo, de recursos humanos, ha hecho su ronda por los departamentos de la empresa para que los empleados les firmen las nominas. El señor Cuervo, aunque siempre muy dicharachero, entre bromas y chismorreo tiene un punto de seriedad y protocolo a la hora de entregar el papel de la soldada. Después de la firma, nadie más que él puede separar el original de la copia, so pena de llevarse una gran bronca.
Jorge recibe y revisa atentamente el papel. Lo hace como si este mes fuera a encontrar alguna sorpresa agradable, pero solo es la costumbre. El ya sabe que, si a caso la hay, la sorpresa siempre es para peor: Un nuevo impuesto, un cambio en el sistema de seguridad social… en fin, lo de siempre. Este mes su paga es de 1180,00€.
Deja el papel en su mochila y sigue con su trabajo. Todavía es temprano y aún le queda más de medio día de trabajo. Se regocija pensando en su bigotudo amigo Bronte. Seguro que estará holgazaneando en su sitio preferido del sofá, o dando una vuelta por la terraza del vecino, intentando cazar (sin ninguna suerte) algún pájaro descarado. Bronte es su gato y lleva acompañándole desde que se mudó a ese piso cuando dejó la cobertura genitora. De hecho, fueron ellos, su madre y su padre, quienes se lo regalaron cuando el gato era aún una bolita de pelos. Bronte es un gran gato Romano, atigrado y con el pelo entre pardo y marrón claro. Jorge le tiene mucho cariño y con el tiempo, el animal ha ocupado un lugar importante en su vida. A veces, a Jorge le da la impresión que los dos forman una pareja de perfectos solterones.
Ya es la hora de la salida, Jorge recoge sus cosas y apaga el ordenador. Todavía es de día y quizás le de tiempo a ir a comprar comida para él y su amigo.
Pasa por el Super y encuentra una suculenta oferta de la comida que más le gusta a Bronte y la compra. También lleva algo para él y, por último, un nuevo rascador para las afiladas zarpas de su amigo, pues el otro ya está en bastante mal estado y Bronte no se le acerca desde hace tiempo.
Enfilando el descansillo de su planta, Jorge espera oír al gato raspar la puerta; siempre lo hace cuando él llega a casa. Sin embargo, esta vez no se oye nada de nada. A Jorge le extraña, desde luego es algo que nunca ha pasado. Cargado con la compra, se apresura a abrir la puerta. Llama a Bronte, pero, en cambio, solo oye un leve maullido. La llamada del gato proviene del salón, donde el animal tiene su alfombra de día. Jorge recorre el pasillo, deja la compra en el suelo de la cocina y se va al salón.
El animal está tendido de lado sobre su alfombra. Jorge en seguida se da cuenta de que a su amigo le pasa algo grave. En el sitio hay mal olor. Se acerca y le sale espontáneo acariciarle. Como si pudiera recibir una contestación, le pregunta que le pasa. Lo hace con la misma entonación de un padre. El gato no se levanta, está quieto y lo mira con ojos legañosos y suplicantes de auxilio. Ni siquiera es capaz de mover las patitas como de costumbre hace cuando, panza arriba, juega con él.
Jorge empieza a preocuparse. Está pensando en llamar a Sandra, su veterinaria de referencia, cuando se da cuenta que, por debajo de la cola, al gato le sale una especie de hilo negro. Esta manchado de heces, «¡eso es la causa del mal olor!» piensa, y concluye que también del malestar de Bronte.
Intenta tirar del colgajo. Tiene textura de hilo y no se rompe. Al tirar parece como si le estuviera arrancando las tripas. El gato se retuerce y él desiste de su intento. Le consuela diciéndole que no se preocupe, que va a llamar a Sandra y ni siquiera se inquieta (Bronte siempre reacciona mal cuando oye el nombre de la doctora).
Va hasta la puerta de la nevera donde tiene el número de la clínica veterinaria. Mientras digita en el teléfono, observa un montón de jirones negros cerca de la ventana. Se acerca sorprendido y ve que son trozos de plástica. Suspira cabreado. Recuerda que por la mañana había sacado del cubo la bolsa de basura para tirarla y, como siempre hacía, cogió también una de recambio. Evidentemente se había olvidado de colocarla y la bolsa se quedó encima del cubo. Está claro que Bronte debía haber jugado con sus uñas hasta destrozar el plástico. Lo que Jorge no entiende es por qué se la ha comido.
—Clínica Pet´s & Friend´s diga…,
—Hola, que tal, soy Jorge Verner, ¿está la doctora?, es una emergencia… creo.
—Hola, Jorge, la doctora está atendiendo en este momento, ¿en qué te podemos ayudar?
—Se trata de Bronte, mi gato, creo que se ha tragado un montón de tiras de plástico de una bolsa de basura y ahora está muy mal. Tiene como un hilo que le sale por el ano.
—Entiendo Jorge, mira, te aconsejo que lo traigas a la clínica cuanto antes. La doctora debe visitarlo para saber qué hacer. Por lo que me tú cuentas, puede ser muy grave.
—¡Ah! —exclama Jorge preocupado—. No pensé que… Ahora mismo lo llevo, gracias.
—De nada, avisaré a Sandra.
Bronte se lamenta durante todo el camino. Son aullidos cortos con una cadencia constante, como alguien que, presa de un dolor insoportable, estuviera repitiendo una y otra vez el mismo lamento. Jorge intenta tranquilizarlo. Le acaricia la frente con el pulgar y le dice que todo va a ir bien, pero está cada vez más asustado.
Con el gato en brazos, entra en la clínica y lanza una mirada desesperada a la administrativa.
—Ven por aquí Jorge, la doctora te está esperando.
En la clínica hay mucha gente, pero nadie protesta cuando Jorge pasa directamente a la sala de curas.
Jorge deja a Bronte en la camilla, pero no se separa de él. Sigue acariciando su cabecita, intentando tranquilizar a su amigo. Le habla con afecto, le dice que todo irá bien. El hilo musical emite una musica pegadiza, «Cry To Me».
La doctora Sandra entra por la puerta que comunica su despacho con la sala de cura. Jorge le explica todo lo que ha pasado y la doctora le dice que esté tranquilo y que espere fuera. Al final de la visita le informará.
En la sala de espera el tiempo pasa terriblemente lento. La mesa está llena de revista, pero él no tiene ganas de leer. Una señora sentada en frente, con un cachorro lanudo de Perro de Agua en el regazo, le pregunta que le ha pasado a su gato. Jorge tampoco tiene muchas ganas de hablar y le cuenta la versión abreviada. Todos los presentes han escuchado en silencio, porque siempre se aprende de las desgracias ajenas. Un hombre delgado y bajito interpela a Jorge sobre el motivo de haber dejado la bolsa a portada del gato. Jorge se remueve en el asiento, incomodo, culpable. No sabe que responder. Se le ocurre que el comentario es algo ofensivo, después, de malas ganas, le argumenta que ha sido un olvido por las prisas. Antes que alguien más diga algo, se disculpa y sale a la calle. Necesita fumar un cigarrillo, quizás se le pase esa sensación.
Cuando vuelve a entrar, la señorita del mostrador se le acerca.
—Por favor, Jorge, pasa al despacho de la doctora y espérala, en seguida irá. Necesita hablar contigo.
El tono neutro de la mujer no anticipa nada y Jorge obedece sin preguntar. Entra y se sienta en una de las butacas que están delante del escritorio. Pasan dos o tres minutos y la doctora entra al despacho por la misma puerta que antes.
—Bueno Jorge, ya tengo el diagnóstico de Bronte y voy a serte sincera…
—¿Cómo está Bronte? —pregunta preocupado Jorge.
—Tranquilo —le dice Sandra—, ahora está sedado y no siente ningún dolor. Lo que te quería decir —prosigue— es que tu gato sufre un bloqueó intestinal grave, debido a la gran cantidad de plástico que ha ingerido.
—Entonces, quizás si se toma un laxante… —sugiere Jorge.
—Ojalá sea tan sencillo, Jorge, pero desgraciadamente no lo es. Los jirones de plástico han formado un hilo por los movimientos peristálticos del tracto intestinal. Este hilo se le ha enredado por todo el intestino. Para sacarlo, es necesaria una intervención quirúrgica muy invasiva. Aunque el riesgo no sea muy alto, es posible de que el animal no resista la intervención y muera.
Jorge no puede creer lo que está oyendo. Esta misma mañana su amigo estaba perfectamente y ahora, un pequeño traspié; un olvido, en apariencia insignificante, como dejar una simple bolsa de plástico sobre un cubo, eso, ni más ni más, está a punto de matarle. Siente un gran disgusto, respira con dificultad y la doctora le pide que tome asiento.
—Sabía que no era algo leve, pero no creí que fuera tan grave como para poder morir. Quiero decir, esta mañana estaba bien. Se le veía tan alegre que… —Jorge se seca las lágrimas.
—No es todo Jorge, tengo que prevenirte sobre los costes de todo el proceso curativo. No es nada barato y entre las pruebas que ya le hemos hecho y las preoperatorias, la operación, el ingreso en observación, la convalecencia -cuenta al menos una semana de duración-, y las curas posoperatorias, todo eso puede llegar a costar alrededor de mil doscientos euros.
Jorge no responde. Se lleva las manos a la cara, y repite en un susurro la cifra que acaba de escuchar. Hace suyo a Dios. Ahora sí que está literalmente jodido. Repite las palabras, lo piensa una y otra vez y su mente se revuelve en una montaña rusa de pensamientos íntimos. Su mano sostiene la desgraciada balanza: En una de las copas se recuesta la vida de su amigo Bronte, en la otra, el peso de su decisión. Jorge es consciente de la trascendencia de su próximo acto. Al fin pregunta:
—¿Hay alguna alternativa doctora?
La mujer tuerce el gesto, se levanta y, rodeando la mesa, se acerca a Jorge y le dice:
—Lo siento, Jorge, pero en este caso no hay mucha elección. Excepto… bueno no quiero ser demasiado brusca, pero la alternativa es sacrificar el animal.
Jorge queda en silencio, con el pensamiento dirigido a otro paraje, a otro tiempo. Recuerda el contacto con Bronte, la vibración de su cuerpo deslizándose bajo su mano; esa extraña habilidad de los felinos para exteriorizar la alegría de sentirse queridos.
Jorge ha tomado una decisión. En realidad, ya la había tomado antes: a la sombra de la sentencia de la doctora, escondida tras la absurda interpelación de una segunda posibilidad.
—Doctora… —Ella le dirige la mirada, esperando la pregunta que ya ha oído muchas veces a lo largo de su carrera. Le contestará que no y eso será todo—. ¿Sufrirá?
Jorge espera afuera mientras la auxiliar da inicio a los preparativos. Sandra le ha dicho que por el bien del animal es mejor hacerlo cuanto antes. «¿Por el bien del animal?» —se pregunta Jorge—. «¿Cómo puede haber algo bueno, para Bronte, en el acto de su sacrificio? Será la necesidad perentoria de humanizar todos nuestros actos, incluso los que no pueden ser humanizados. «Por el bien del animal» no es más que una cándida alegoría de algo terrible que está a punto de suceder. Bronte no sabrá nunca que para aliviar su dolor vamos a extirparle la vida. ¿Y si Bronte prefiere quedarse con el dolor y vivir hasta sus últimos instantes?».
Jorge se da cuenta de que es la rabia lo que le ciega. La rabia de haberse dejado esa bolsa fuera del cubo, la rabia de verse en la tesitura de condenar a su amigo. Se siente víctima de la fatalidad: podía haberle tocado a cualquiera, pero ha sido a él. Se pregunta si para el alma de su amigo también hay un paraíso.
La doctora ha aparecido por la puerta y le invita a pasar a la sala. Le dice que ese es un buen momento para despedirse y, añade:
—Tomate el tiempo que necesites. —Aunque todo el mundo sabe que esos pocos minutos nunca son suficientemente largos.
Los deja a solas y Jorge se acerca a la camilla sobre la cual Bronte descansa recostado de lado. Está dormido y parece que realmente no le pasa nada. Le han retirado ese asqueroso colgajo y la auxiliar ha tenido la «humanidad» de pasarle un cepillo por el pelo del ancho cuello. Ahora se asemeja a un pequeño león durmiente, un león valeroso y despreocupado de lo que pueda pasarle. Le pasa la mano por el lomo e intenta que la conexión le devuelva todos los momentos que pasó en su compañía.
—Lo siento amigo mío, parece injusto, pero no me queda otra salida. Creo que tú harías lo mismo si estuvieras en mi lugar, si realmente estuvieras en mi lugar —repitió con desesperación—. Hoy mi corazón se ha agrietado y quizás nunca vuelva a sanar del todo. Has ocupado un lugar importante en mi vida y eso te da derecho a quedar para siempre en mis recuerdos, pero hoy tengo que tomar otro camino. Sé que tú confiabas en mí y yo siempre estuve seguro de estar a la altura… —Jorge llora amargamente cuando a continuación pronuncia las palabras— sin embargo, a veces, los varapalos que te da la vida te colocan en tus carriles originales, y te obligan a descubrir las cartas, te empujan violentamente a ver de que pasta está hecho.
Tocan en la puerta. La auxiliar entra, se ha acabado el tiempo de los despidos.
—Adiós amigo mío… —Jorge sale cabizbajo, no se siente orgulloso, pero no tenía otra salida.
Sandra le explica que la clínica se encargará de la incineración (lo obliga la ley según dice). Jorge firma unos papeles y todo está hecho.
—Siéntate, te llamaré cuando todo haya terminado.
Jorge piensa que nadie se sienta cuando están a punto de matar a un ser querido, pero obedece también esa absurda orden.
Jorge se angustia consciente de que esos minutos universales, los minutos en que Bronte morirá, nadie los distinguirá en el torrente del tiempo, serán olvidados tan pronto pasen. Y Bronte, libre de esa carga, alcanzará en un instante el fin de los tiempos. Sandra sale con un sobre en la mano, es el certificado del sacrificio: Bronte está muerto y con él murió también su propia inocencia.
…Surprise, surprise, Couldn’t find it in your eyes… dice Norah Jonson por el altavoz y Jorge presiente que todo lo que ocurre a su alrededor le apunta acusándole. La puerta se cierra y la canción se pierde tras ella.
Conduce en automático. A su lado ya no está Bronte raspando con las garras el asiento. El papel atestigua que todo es real, que ha ocurrido de verdad. Jorge lo mira y lo tira con rabia en el asiento trasero. Recuerda las palabras de Sandra al despedirse: «Acoge cuanto antes otra mascota, Jorge, te ayudará a superarlo». Parece una receta sacada del prontuario, una extensión de la terapia a los dueños de las mascotas.
Desde hace largo rato, Jorge sabe muy bien lo que quiere hacer. Llama a su jefe y le comenta lo sucedido y le pide el día de mañana libre; se toma un somnífero con un vaso de leche y se va a la cama: mañana debe levantarse temprano.
Por la mañana…
Jorge ha estado largo rato buscando en varias páginas y blogs. Apunta el teléfono de algunos de estos, pero hay uno que le parece el más adecuado y llama. Después de varios minutos de conversación se convence de que es lo que busca y pide una cita para hoy por la mañana. No quiere retrasarlo. Hay un tiempo para todo… «Hay un tiempo de destruir y un tiempo de edificar». Leyó eso en alguna parte. Antes de salir de casa se asegura que lleva la chequera en el bolsillo de la chaqueta.
Finalmente llega a la dirección que le dio la señorita con la que habló. La calle está bastante concurrida y le cuesta buscar un aparcamiento.
Cuando pasa la puerta del sitio se oye un pitido de aviso. La mujer del mostrador le dirige una sonrisa de un blanco inmaculado.
—Buenos días, soy Jorge Verner —balbucea intimidado por la chica—. He quedado con Gisela Nasuá… hablé con ella esta mañana. Llego un poco antes de la hora, lo siento. —Mira el reloj.
La chica le devuelve el saludo y le dice que no será necesario, Gisela le atenderá en ese momento. Y efectivamente la tal Gisela aparece en ese mismo instante por la puerta. La mujer, de unos treinta años, de piel morena, un poco más baja que Jorge y de apariencia algo descuidada, se presenta tendiendo su mano. Tiene acento luso o brasileño. Después del apretón, la mujer invita a Jorge a pasar a su despacho.
Él la sigue y se da cuenta de que detrás de la apariencia casual se esconde una mujer hermosa. Camina con un contorneo sensual y delicado, pero totalmente natural. «Quizás de Brasil» piensa mientras se sienta delante de una mesa espartana repleta de carpeta y papel impreso. Jorge olvida la hermosura de la mujer. Quiere centrarse en el asunto que le ha llevado allí.
Ella sonríe, «Dios, es realmente guapa». «La mente suele distraerse con facilidad delante de la hermosura», recuerda Jorge. La mujer sigue hablando, explicando todos los pormenores del proceso. Él no duda de las palabras de la mujer, pero:
—Podré recibir alguna fotografía, no sé, un documento gráfico… sería importante para mí ¿sabe?
—No será fácil, pero te aseguro que haré lo posible para que reciba la información. También a nosotros nos importa que todo sea transparente. Es por un bien mayor, ¿entiende?
—Sí, te entiendo y comprendo perfectamente lo que quieres decir —dice serio—. Bien, entonces solo queda un detalle.
Jorge saca la chequera de su bolsillo y rellena los espacios en blanco. Después de firmar el cheque lo arranca y sujetándolo con las dos manos lo repasa.
—Todo es correcto, mil doscientos euros —dice deslizando el papel por la mesa, hasta la mujer—. ¿120 dijiste?
—Puede que incluso más. Me encargaré personalmente, no debes preocuparte de nada. Te aseguro que el resultado será sorprendente para ti. Nuestra organización tiene mucha experiencia en estos asuntos, créeme.
—Te creo, te creí desde que hablé contigo esta mañana y ahora que os conozco un poco mejor, estoy seguro que no me arrepentiré de haberos elegidos —dice Jorge levantándose.
—Perdona, no quiero ser indiscreta, pero te importaría decirme porque haces esto?
—Me convenció un amigo… un buen amigo que ya no está.
—Lo siento mucho, pero te doy las gracias, no hay mucha gente como tú.
La vuelta a casa
Jorge abre la puerta de su coche y se queda un momento ahí de pié, apoyado en el vehículo. Esboza una sonrisa triste. La chica del mostrador atiende a una pareja de ancianos que acaban de entrar. La transparencia inusual de los cristales del local hace que todo parezca una cámara fotográfica abierta al horizonte. Más al fondo, se ve a Gisela; el apego a su trabajo la hace aún más hermosa que antes, cuando le explicaba que diez euros, una cifra ínfima en occidente, eran un tesoro en otros países, un tesoro capaz de salvar un niño de la muerte.
El tráfico ya era caótico a esa hora. Jorge arranca el motor y antes de marcharse echa un último vistazo al sitio. Un ligero círculo rojo rodea suavemente la figura de un niño jugando con los brazo en alto. «Save the Children» reza el gran cartel sobre la entrada del local. Coge el sobre que le entrego Sandra, saca el papel y lo deja en el asiento de al lado. Aprieta un poco los labios, el humo del cigarrillo lo envuelve todo. «No se si hay un paraíso que te espera Bronte, pero si se que algunos te echaremos mucho de menos».
Finó